
Cuando llegó el circo tendría un espectáculo que duraría para siempre. Nunca se iría. Todas las noches bajo la carpa roja alumbrada por luces veloces que iban y venían, desapareciendo para buscar un resplandor superior, se vestían los payasos con trajes inflados, combinan rojo, amarillo, naranja, azul. Verde y morado. Lloraban, y con las gotas hacían reír. Los demás ocultábamos nuestro ser humano para ser cirqueros. Algunos, los que bailábamos, brincábamos y divertíamos portábamos carátulas multicolores, con plumas y pedazos de risas de los espectadores; y los que tocaban música o iluminaban para esconderse se enmascaraban en blanco y negro y avanzaban en escenas cortadas. Yo imitaba un pájaro, mi antifaz: plumas ensambladas por un hilo que se adaptaba a mi cara, una red de fantasmas de aves que fulguraban y cambiaban de color, me acompañaba como aún lo hace una jirafa de madera, un alebrije pequeño con colores brillantes que nunca existirían en África y que lograban ensamblarse en segundos, pero también desarmarse en segundos: huele a tierra y campo, y es la única en su especie en poder doblar el cuello. Mi traje perteneció a una bailarina muerta, que había interpretado el lago de los cisnes todas las noches como yo lo hacía bajo el seudónimo de acróbata y miraba el piso como al techo y al techo como un punto casi alcanzable.
Los primeros días se nos adoró, pero después la gente dejó de sorprenderse. Se sabía los trucos y lo nuevo ya no lo notaba. Las palomitas se disparaban como municiones encantadoras, y el algodón de azúcar con sabor a niebla se usaba para enredarnos y capturarnos como insectos después disecados: una intensa tortura con colores de inocencia.
Y así siguió, hasta el día en que el cirquero se colgó su gambox para ser alguien más por siempre y cargar una memoria física del circo a todos lados. Con su abrigo rojo de botones dorados, se deshacía igual que una galaxia de fieltro que dejaba escapar pedazos de sí misma. Su sombrero de copa que fue negro se transformó a gris, mientras su cobertura de piel mugía otra vez y corría a pastar. Su careta sollozaba, le alargaba la nariz y escondía su mirada dejando una vista tras una membrana.
Y me quedé: bailarina de trapo: una muñeca con las pestañas caídas y pintadas sobre las ojeras, a veces se limpiaban y caían dejando el rastro de haberme lamentado a lo largo. Mi peinado mutaba, revuelto por el clima, el día, el tiempo, siempre del mismo color: castaño claro enredado en la monotonía de hacer nada; y mi jirafa había perdido las orejas, no oía que el espectáculo había acabado y ella seguía caminando sobre la cuerda. Dormíamos en la carpa olvidada, sólo nosotros dos. Y mi hermano un excelente volador, amante de los profundos colores en las facetas inestables del cielo.
Cansada del olor a aserrín, y de ver el cementerio de payasos, que al no entretener se habían convertido en estatuas adornando la entrada ―sus caras consumidas por un moho salado, y al tocarnos se te impregnaba una humedad que nunca podrías secar. Dejé todo y corrí. Busqué un penetrante olor café, la textura suave y caliente, la espuma beige que sube impulsada por la caída del azúcar. Me senté a una de las mesas de fuera, una simple estructura de base metálica que detenía una tabla redonda. Y sentada con los brazos recargados en la mesa, la cara sin sonrisa, llevaba el antifaz para ocultar las pestañas líquidas, un suéter delgado y los pies cruzados empalmando talón con espinilla, rozando el piso con una zapatillas blancas de punta y yo las mantenía aferradas con un perfecto moño de listón antiguo decorando mis piernas parecidas a las de los títeres.
Mi panorama: una carretera de seres que avanzaban como insectos, imposibles de observar, guiados por la falta de tiempo, aplastados por la puntualidad que acababa en explosiones caóticas que rompían el orden de líneas blancas, pues sólo veía rayos blancos apagados con la punta de color, y pocas veces se encontraban existían los colapsos de tiempo donde aparecían caras de niños embarrados al vidrio, preocupados por la intensa velocidad de no admirar nada.
Un sorbo de café y un sonido que barrita.
Segundo sorbo y la carretera se derrite.
Al tercero de la carretera como de los agujeros en el hielo salen elefantes, elefantes de asfalto: son diez, y burbujas. Huyen burbujas con prisa y explotan en la superficie. Huye el aire de un elefante más. Vuelo siendo un pájaro. Brinco y esquivo autos. Me sumerjo. Sigo a las burbujas, las contradigo y encuentro un elefante: un paquidermo enredado en algas alimentadas paquiedérmicamente. Lo jalo, y lo jalan, se impulsa y grita imitando mis sonidos. La planta se rompe y salimos impulsados por una fuerza acuática a la que le duele el piso y es nuestra culpa.
Son once elefantes y me siguen, regresamos al circo, y ellos con ojos de piedras y piel dura encuentran el espacio onírico, saben trucos y brincan, duermen y comen en sus jaulas. Mi hermano los entrena y alimenta de restos del deshuesadero (un lugar lleno de coches crujientes que pagan su estancia con sus partes hasta no ser más que una estructura cadavérica, inútil). Ya son capaces de brincar, de jugar y de pararse en dos patas mientras hacen figuras con la lengua.
Caminaba de regreso con las jirafas siguiéndome cuado encontré en un terreno a un león: un animal de pasto seco que se alimentaba de grillos y rugía viento. Jugueteó con el sonido de los adoquines chocando, atrapaba entre sus patas los golpes de roca, y siguió así hasta llegar al circo, donde les preparamos jaulas especiales con naipes, jaulas sin límites, pues nadie huía. Teníamos árboles de trébol, cuevas de diamantes, y juguetes de espadas; los corazones permanecían en una bóveda pues eran las medicinas de los animales que no podían dormir.
El primer espectáculo vinieron de espectadores los espejos del pueblo, que reflejaban cualquier par de ojos para tener una mirada, aplaudían y reían de todos. Mi hermano los domaba vestido todo de invisible, yo en cambio presentaba los actos en un saco rojo y me cambiaba para montar jirafas. Eran dos horas de tiempo detenido, risas pausadas para no romper nada, impredecible juego con un patrón abstracto e inexplicable.
Al atardecer, antes de de armar el despertar zootécnico explotando las notas de Beethoven, mi hermano salía a capturar grillos, utilizaba el helicóptero de Da Vinci para encerrar en frascos los restos de luz que comían las jirafas, y fue en el cielo donde encontró a las focas, que eran blancas siendo pequeñas y crecían cuando se nublaban para llover, decrecer y obtener un tamaño una vez más pequeño. Ellas eran las que repartían palomitas dulces cubiertas de plata y arena para los espejos.
Todos los días era diferente, pues los animales actuaban según la evolución del sueño procreado al susurrarles al oído imágenes maravillosas. El circo progresaba: llegar espejos de todo el mundo, y no se cansaban en aso de ir diario.
Todo fue así hasta la desafortunada interrupción de un niño, una especie de pelirrojo enterrado en pecas que al entrar trabó la lengua en los dientes y se atrevió a decir:
—Nada de eso es real.
Y la carpa cayó, los animales regresaron al suelo y a la realidad, el moho
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