Un novelista se sentó en la borda del barco (una nave de madera francesa y decoración florentina), llevaba un cuaderno de hojas de aire decoradas con alas de mariposas: una colección que empezó desde pequeño debido a que sufría de daltonismo siempre y cuando no se tratará de las alas de estos insectos, su vista abstraía la coloración del polvo y lograba que dentro de su mundo en blanco y negro existieran seres aéreos que resaltaban de la escena, como si la cinta de la película estuviera perforada y permitiera entrar puntos de luz.
El barco se detuvo en un puerto que olía a desierto y a cactáceas vacías. Barcos pesqueros minúsculos se escondían de la nave que llegaba, levantaba olas blancas y espesas; agitó las redes estáticas dispuestas como constelaciones para atrapar a los bancos de peces plateados como una lluvia inversa de mercurio.
Lo esperaba un hotel árabe con grandes ventas ojivales al estilo mudejar, sin cortinas, camas ligeras cubiertas por sábanas que a pesar de no tener un gran peso físico, llevaban pintadas con delgadas líneas historias de la expedición desértica y las costumbres refinadas de los dromedarios. La parte de atrás era una larga terraza de pisos de madera con olor a maple, sillas de respaldos circulares y tejidos de mimbre, mesas pequeñas dispuestas para un té a media tarde o un whiskey de Gibraltar y al final unos pequeños escalones que te llevaban a la playa. Todo permanecía como filme mudo de 1920.
Una playa en proyecciones grisáceas: arena plateada con textura de partículas solidificadas por el agua salada, conchas y caracoles blancos impregnados en la costa; tatuados en la espera de ser fosilizados. Vacacionistas tradicionales en blanco y negro:
Blanco: los grandes sombreros de paja con apariencia de estar hechos con duros y delgados estambres. Sombras artificiales para las grandes señoras intolerantes al verano.
Negro: lentes que ocultan la mirada marítima y de sorpresa frente a los murales expuestos por las altas olas.
Blanco: los pigmentos cutáneos de los visitantes curiosos; actitudes cetáceas en respuesta a los lamentos ululantes de los barcos.
Negro: la pérdida de los matices en el pelo, dentro de la imagen de los peinados estéticos y oscuros.
Acero en el mar y blanco en la espuma, una rutina de ir y venir, de golpear y empapar, agitar las aletas impalpables de los peces ángeles que huyen de su constitución húmeda.
Creando la estructura de un resorte extinguiéndose pasa frente al escritor una gran pelota de playa, una esfera decorada por anchas franjas, un vuelo cíclico que se detiene frente a una niña: una pequeña de catorce años, pequeña y delgada y como a las mariposas, él la percibe con color: un corto vestido rosa, pelo suelto y despeinado: expresión de almendras en telares, la piel con contrastes cobre, usaba unas gafas oscura con armazón rojo y forma de corazón y paseaba con la lengua un gran caramelo rojo, pintaba un poco su boca con el resto del azúcar y se apropiaba del sabor cereza. La niña tomó la pelota con los dos brazos y regresó a lanzarla para recuperarla, se sentó a lado de su abuela: un ser inmóvil que sólo salía de su cuarto para sentarse durante tres horas en la playa, después regresaba al cuarto y se encerraba a tejer o leer alguna novela fácil y conmovedora.
El hombre estático, ilusionado con su descubrimiento hace un lado el propósito de su expedición (recolección de mariposas africanas) para pasarse tardes enteras observando a la pequeña, viéndola brincar en lobby, fisgoneando en los registros de la recepción, haciendo caer a los botones cargados con inmensas maletas de divas siniestras.
Tenía que hablarle, era su último día y le faltaba saber el nombre por lo menos. Esperó al desayuno, tomaba una taza de café, se sentó a leer un periódico que se desarmaba y espiaba entre las fugas que de papel la puerta del comedor, llevaba un registro exacto de quién entraba.
Por fin llegó, llevaba un lindo vestido azul oscuro con lunares blancos, una falda que giraba, se subía un poco y se dejaba manipular por las corrientes de aire. Venía corriendo, deshaciéndose el peinado con listones que su abuela había armado: como escultura permanente. De reojo miró al hombre del periódico, se cansó de comer sola en la barra y camino muy segura hacia la mesa, jaló una silla y se sentó.
Él al verla, tembló, dejó caer las hojas tocando una orquesta de castañas frescas. La tenía frente a él: recargando ambos brazos en la mesa, impulsándose para acercarse a él. Su boca, roja intensa, se movió lentamente, decidiendo exacto que diría:
—Sue, bueno no, pero dime Sue. ¿No te molesta que me siente contigo? Estoy cansada de comer sola, de vagar por este viejo hotel sola. Necesito divertirme, y tengo hambre, mi abuela me ha mandado sin dinero. ¿Quieres invitarme?
Sin esperar respuesta Sue llamó al mesero, ordenó un pie de chocolate con crema batida y cerezas en almíbar y una malteada de fresa con mucha espuma.
—Realmente me aburre estar aquí, ya conozco cada rincón y habitación. ¿Sabías que el del cuarto 16 fue excelente tenista? Tiene trofeos y todo, se retiró porque leyó un libro de Pushkin y ahora es editor. Tonto, perdió toda su fortuna. Deberías llevarme a dar un paseo, he visto que tú también vagabundeas, no tienes nada que hacer. Vamos, llévame al circo, lo acaban de abrir, han traído un espectáculo francés para los parisinos renegados.
Se comió el pastel jugando con las cerezas, las impulsaba con el tenedor, las cubría de crema: las bañaba en nieve, las escondía girándolas y formando esferas polares, una vez cubierta tomaba una por una con las manos y antes de tragarla se ensuciaba las comisuras de la boca que limpiaba lentamente con la lengua. Dio un gran sorbo de su malteada, usó un popote blanco con líneas rojas Todo cuanto tocaba adquiría la coloración natural que las cosas debían tener.
—Entonces ¿qué? ¿Pasarás por mí esta tarde? La pasaremos bien. Te espero en los grandes sillones café de la recepción.
Y huyó. Su fue corriendo, dejó un pedazo del pie, media malteada y un dulce de limón envuelto en papel de cera con coloración de niebla. Él tomó el caramelo y regresó a su cuarto, mientras se lo comía pensó en qué ponerse, en qué decir. Iría por los boletos y en el camino le compraría una caja de chocolates.
Llegó con la caja envuelta y un gran moño dorado, ella ya estaba ahí: usaba un vestido de rayas blancas y rojas y un gran sombrero de copa negro (quería hacer juego con el espectáculo). No se había maquillado más que la boca, siempre del mismo rojo, y usaba unos largos guantes blancos que debieron de ser de su abuela pues le llegaban hasta los hombros. Avanzó hacia a él, brincó y lo abrazó, parada de puntas le besó la mejilla y sin decir nada tomó la caja de chocolates, dejó el moño caer sin darle importancia y comenzó a comer, todo el camino mordió los chocolates a penas detenidos entre sus dedos: como si fueran figuras de cristal que al asir fuertemente amenazaban con estallar en pedazos.
Llegaron y se sentaron hasta el frente, él la vio, y ella sabiendo que él la miraba se dedicó a coquetear con los payasos: les robó sus narices rojas y los despintaba con sus manos para usar en ella las pinturas.
Los reflectores se apagaron y el espectáculo comenzó. Fueron los acróbatas seguidos de elefantes los que abrieron y después domadores de leones que mientras eran devorados contaban chistes, y ella comenzó a reír, y ella tuvo más color, y junto con ella rieron todas la niñas presentes, la risa las coloreaba para el escritor, las sacaba de escena y las convertía en las mariposas saturadas de matices.
Dicen que ahora el escritor es un payaso, un payaso delicado que cuenta chistes en diferentes circos, se los dedica sólo a aquellas que pueden reír.

1 comentario:
Así son los libros, nos dejan sin tenistas y sin bailarinas: una maravilla.
Caminas espectacular sobre las huellas del ruso, por eso te siguen las mariposas.
No pensaré. Como la otra Dorothea tomo el texto y froto las letras para volver.
Gracias
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