martes, 26 de febrero de 2008

Hilando nubes


Para el Rainbowcrew

Llegaron tres jinetes flamencos en un andar tejido en seda: las aves rosas levantaban un poco las alas para liberar en formas de humo vino, olor a cerezas; se movían como títeres estilizados por la cordura de 1800, vestigios de Oscar Wilde que en sus poemas escribió encajes para decorarles la patas.

Los montadores: dos mujeres y un hombre, trotamundos de noche y recolectores de setas turquesa iban en la búsqueda de un punto en el cielo que les permitiera dormir y soñar en color: llevaban una semana fantaseando con espacios negros sin movimiento ni objetivo alguno. Su vestimenta contrastaba con los tonos pasteles de su montura: una de ellas, la más delgada, usaba un lindo vestido rojo con lunares negros (aquellos que las heroínas en Tokio desearían usar), delgadas medias negras muy femme fatale y grandes botas con un extraño juego de cruce de agujetas (un código de palabras hiladas); detrás venía una muy, muy alta, toda ataviada de negro, el pelo lacio formaba media máscara sobre los lentes oscuros que usaba, llevaba una gran cámara fotográfica: guardaba en ella las impresiones que apaleaba a lo largo del día; y él, coloreado por Antoine de Saint- Exupèry, usaba unos pantalones de mezclilla y un delgado saco que lo integraba al mundo formal sin expulsarlo del mundo al que pertenecía.




Se veían cansados, el sol se convirtió sobre ellos en una nube pesada, un reflector que los secaba hasta convertirlos en mandrágoras, andaban como mercenarios de sombras y sitios frescos y reales. El lugar empezó a armarse como un desierto, un espacio beige y marrón, cactáceas como plaga difuminada aparecían como secuencia del camino, diez veces y la luz permanecía igual, veinte veces y aún no cambiaba.

Fue hasta que llegaron a un pueblo fantasma. Los restos de una película vieja. Una cantina falsa y un hotel falso. Reflectores y cámaras rotas por todo el lugar. Decoraciones con cintas de películas. Falsas paredes de madera.

Buscaron una casa vieja con un inmenso tragaluz y escondites oscuros, querían observar el cielo para planear una decoración a parte de las tediosas y ostentosas nubes.

Se habían acomodado entre telares y ruecas oxidadas, les pareció entretenido girarlas, jugar a la feria de muñecas muertas, cantar mientras, crear sonidos a la par del movimiento, fue entonces cuando poco a poco, de las ruecas, empezó a salir hilo de colores, un manto de vapor que subía al cielo, se tejía como estambre y formaba gamas que ocultaban el azul, siete colores, uno por cada día de su semana, uno por cada sueño diurno.

2 comentarios:

RainbowCrew dijo...

Caro dice:
Nata, mil grax por el Rainbow Cuento. Inspirador, debo decir. Me encantó y neta no tengo más q decir, ah yo siempre con mi falta de palabras y tu llena de ellas, tan exhuberantes y coloridas. Grax, de nuevo cream!!! Te quiero nena.

Muñe dice:
Wow, me agradó bastante el cuento. Es algo que yo jamás habría escrito, porque no se me habría ocurrido, pero me gusto mucho. Es una historia muy colorida y muy rainbow.. jeje
Grax x acordarte de nosotros y por escribirnos, jeje. Kisses, bye.
atte. el monito de pantalón de mezclillay saco delgado, jeje


Alma dice:
te quedo increible el cuentito , se te agradece el apresio, yo creo que te las truenas.....pero re chido , escribiendo desde un lugar en el cielo, profundamente agradesida.

Anónimo dijo...

Wooow! Gosh, te llevan lejos estos cuentillos...

los colores, la libertad... el arcoiris