lunes, 11 de febrero de 2008

Macetas

Un invernadero gigante de cristal forma parte de lo que alguien oculto entre hojas puede llegar a desear.


Macetas transparentes, macetas de barro, macetas de plástico, macetas, y macetas, y macetas; todas tiradas, vacías, descartadas a un lado de la puerta.

Cruzando el portón de espejos están empalmados como ramas cuerpos que vomitan flores, que lloran hojas, que estornudan semillas, que fertilizan una vida verde. Y girando la vista un hombre con lágrimas en los ojos, con una botella de lannate, desnudo, tan frío como una raíz muerta, se seca.

Una casa pequeña intenta ocultar un domo de vidrio. Sobre el tejado nubes verdes. A través de las ventanas se vive una rutina común: dos niños pequeños, Violeta y Florencio; una mujer perfecta que pasa el día lavando, recogiendo, cocinando, recogiendo, y sólo a veces abre la boca para callar a los demás y seguir su ritmo; un hombre mayor y su pasión por las plantas.

Hay una carta tirada sobre el tapete azulmorado del vestíbulo. Una invitación a un concurso de floricultura. Un hombre de ciencias se enclaustra. Una familia se adapta a todo cambio.

Alas transparentes rozan las diferentes caras. Raíces de tréboles son extraídos de la manera más brutal que cualquier pala pudiera sacar. Mariposas negras convertidas a un juego de colores. Colmenas saqueadas.

Personas convertidas en macetas, clasificadas por colores para adaptarlas al verde. El científico confía en que ganará un espacio vano para un nuevo premio. Dos niños, Florencio y Violeta, escupen las plantas más maravillosas del lugar. Una mujer perfecta riega con suspiros las orquídeas que salen de sus uñas. Gente que al agonizar se convierte en alimento de organismos inmóviles.

Florencio vestido de blanco con manchas de pintura en la cara ha entrado al invernáculo, lleva sobre una bandeja platos de porcelana con pequeñas porciones de comida. Se acerca a la mesa, y es recibido con un movimiento que barre aire, cae. Él lo ve. Lleva una llave enterrada, temblando, con mínimos pedazos de porcelana en la cara y en las manos, se balancea sobre él. Lo abraza y lo mece, pasa horas así, luego se levanta y esconde el pequeño cuerpo mustio entre sacos de semillas. Duerme lo poco que le queda de noche. Por la mañana descubre al nieto arrojando la enredadera más exquisita. Comienza a cultivarla, a cultivarlo. Olvidándolo en vida se niega a dejarlo marchitar.

Una mamá preocupada entra preguntando por su hijo, distingue el florero vivo. Golpe por la espalda. Rellenada con semillas de orquídeas.

El agrónomo necesita más y más. Recolecta violetas, niñas de los parques, viejos en las paradas de camión, adultos caminando.

Forma un museo de maravillas vivas sobre muertas.

Un ataque de conciencia lo consume. Un sudor frío lo mata. Una cordura perdida lo escandaliza. Corre desnudo entre los algodones, se avienta sobre ellos, juega a soplarlos hasta toparse con el bote de carbonatos, la lata para envenenar caracoles, el químico que asfixia saltamontes, la sustancia para inmolarlo a él. Se echa en un rincón y rocía sobre su nariz los cinco litros.

Últimas vueltas en el aire.

Cae formando espirales.

Por primera vez después de cinco días regresa a casa, tranquilo, se encierra bajo las cobijas y cierra los ojos para evitar respirar.

Nzinga


Cuenta la arena.

Nace jirafa. Corre hacia atrás. Tiene una sola mancha en el cuello.

Nace niña, sus lágrimas no son más que parte de las gotas de lluvia, nada tiene, duerme sobre la arena. Por la mañana despierta para sobrevivir. Por la noche el color se ha ido, sueña con un arroyo, con la corriente del agua que se la lleva, sueña en ser una pluma que se arroja al río sin resistencia y crece.

Se acerca la sequía y con ella el mundo vuelca recursos sobrantes. Partirán hacia el sur en un camión de cruces rojas vigilado por hombres de rojo y de aretes decorados con pequeñas bolitas de colores, parecen hechos de barro.

La jirafa galopa hacia los árboles. Mira las altas copas que no consigue tocar, se conforma con las sombras.

La niña sube al camión. Nzinga la ve desde el fondo, percibe el miedo y soledad, tiende sus brazos para alcanzarla. La niña se acurruca sobre el vientre de la mujer.

El aire caliente, al dormir, se mete por la boca, seca por dentro y navega junto con la sangre. El agua al tomarla se convierte en lodo, arena blanca, perdida de su existencia.

Sobre la tierra cuarteada danzan hojas secas, forman un baile de fuego.

Tras el camión corre una manada de jirafas; sus cuellos siempre rectos ni al dormir doblan.

Manchas. Pequeños triángulos imperfectos.

Dentro de aquel vehículo blanco de llantas desgastadas, bancas rotas, cárcel del calor, se extiende una sombra negra, una pérdida de movimiento, una búsqueda desesperada de la muerte; un futuro preescrito. El ejército de hombres de rojo, de hombres de barro, huye diezmado, estremecido por las voces del pasado cuando los dioses les mandaban cuidar su tierra y no abandonarla jamás.

La pequeña ha encontrado cuerpos muertos, se ha robado el nombre de uno de ellos.

Nzinga, Nzinga, Nzinga. Repite para recordarlo, para luego gritarlo y que al fin alguien se vuelva a verla.

Manchas. Pequeños poliovirus perfectos.

El conductor murió durante la noche absorbido por una nube, su alma fue extraída por la luz de la luna. Los sobrevivientes abandonan la esperanza, la dejan como los caracoles dejan sus conchas para buscar otras. Nzinga, la nueva Nzinga se queda con las jirafas, su cuello comienza a sentir una molestia; una mancha.

Vive entre las jirafas, comienza a escuchar su nombre entre ellas, la tratan como a una de ellas. Cruzan cada parte del desierto. La arena se ha incrustado a sus pies. Se ha hecho parte de ellas. Ha pintado algunas machas pajizas, pero no ha tocado una sola parte del pescuezo. Es como mar amarillo de olas tranquilas sobre rocas negras, sin movimiento, detenido. Un abismo del tiempo.

Nzinga cae varias veces por el camino. La fiebre la consume, tiembla, llora. Carece de animación. Se esconde para no ser dejada atrás. Durante el día aparenta no sentir y olvida las molestias.

Es feliz aunque todavía no viva en sueños. Cada vez es más jirafa.

Ahora no puede doblar el cuello, debe flexionar toda la espalda. Sus vértebras truenan al arquearse. Parece que la piel fue pintada sobre sus huesos. Las jirafas la acarician, temen la inercia, temen que caiga su cabeza.

Ha desaparecido toda vegetación, toda forma de vida; menos, aquellas jirafas; aquellas que llevan los ojos cerrados para evitar que el sol las lastime.

Una brisa de viento húmedo las golpea, las mece. Nzinga siente el agua en su boca. La inhala. Se arrastra en busca de ese olor como si hubiera olvidado el cuello. Al fin toca pasto, hojas, raíces. Ha pisado una nube. Las jirafas la empujan, la obligan a seguir. Entran en una selva de altos árboles, de fuertes ecos, de viento fresco. Van persiguiendo el sonido del agua, y al fin llegan, están frente al lago. Nzinga se arroja al agua, es una pluma; es sueño.

La oscuridad ha caído sobre las sombras, ha marcado la hora de partir.

El cuello de Nzinga se diluye. La jirafa lo ha doblado.

Cada vez es más difícil andar. Las lianas atrapan a la niñajirafa, la jalan, la invitan a quedarse, a morirse en el olvido, a convertirse en un suelo fijo, pero la jirafaniña tira de ella, la empujan, muerde las lianas.

Se anuncia la falda del Kilimanjaro. Ascienden. No notan lo lejos que están. Dejaron el desierto atrás; la falta de vida. Ahora descubren la alta montaña, su río de nube.

Nzinga cae, las jirafas no la logran levantar. Avanzan sin mirar la senda pasada.

La cabeza le pesa. El cuello no existe más. Es un vacío. Cierra los ojos. Siente que flota. Sube hasta una nube y luego cae.

Llegó al río y es parte de él. Es una gota; milésima del arroyo. Es sueño.

La mancha del cuello de la jirafa se ha desvanecido.

Niño blanco


Un niño blanco duerme. No tiene color: pelo blanco, piel blanca, incluso los ojos son blancos, apenas una línea negra separa las pupilas de las escleras; al abrirlos la gente siente lástima por el niño ciego, y el niño ciego siente lástima por ellos que lo ven como si no viera mientras él observa.

Camina. Corre. Salta. Canta. Juega a no mirar, no quiere gastar las pupilas; las prepara para algo asombroso.

Está tirado sobre el pasto mojado. Llora por estar solo, porque los otros se han ido. Llora gotas de resistol que se secan en su cara.

Ve al cielo sin luna.

Sólo estrellas.

El cielo sopla para sí, sopla otra vez, pasa por el niño, enfría sus ojos, extrae un poco de blanco borroso, y sube otra vez. Gira en espiral y forma una luna llena que asesinará a la otra para quedarse con ella: sin fases, jamás sonreirá. Le agradece lanzando estrellas que convierte en abejas brillantes, de cuerpo redondo, de alas de aire.

Deslumbrado, lo poco que le queda de ojos ve luciérnagas, luces blancas. Tienen el mismo color, pero él no titila; necesita irradiar.

Construye vuelos de hilo y papel. Se arroja desde balcón. Espera elevarse: las alas lo harán brillar. Las agita mientras cae. Abre los ojos. No refleja.

Un patio de piedra.

Sangre en la cabeza.

En cama al día siguiente. Una habitación para niño raro. Un cuarto de fotografía. Lugar de nanas.

Alrededor de la cama hojas: un niño fulgurante, un niño estrella, un niño cama.

Duerme: sueña.

Ha caído. Notó que no arderá. La vista ha muerto, ve como los demás.

Encuentra una hebra transparente, la pasa a través de la aguja. Cierra los párpados. Sube y baja, metal frío. Entierra, rasga, cuesta trabajo perforar. Dolor. Hilo forma ondas, une. Ojos rojos, ojos morados, segados por hilo, por aguja, por pegamento. Solloza.

Y se coloca las alas. Guiado por las manos rompe figuras de porcelana.

Nana desesperada sube, teme que el niño se lastime. Grita.

Desde el pretil se vuelve. Ella grita. Él imagina cómo se ve. Ella corre. Él dice adiós, y salta, y vuela, y brilla.

Un cementerio. Gente que llora por un cuerpo apagado habla.

—Pobre niño ciego..

Desde el árbol una luciérnaga con alma de niño se enciende y vuela entre las personas negras que se van.

La casa de las mariposas


Si jamás hubiera venido. Si hubiera olvidado. Si nunca la hubiera visto, no estaría aquí derritiéndome bajo los rayos del sol convirtiéndola en un líquido amarillo.

–¡Malditas mujeres de cera!

Vas por corredores con olor a vela. Cruzas pisos verdes para no perder las esculturas. Sabes que son esculturas para atraer hombres: mariposa hindú, mariposa japonesa, mariposa inglesa, mariposa francesa, mariposa negra, mariposa sueca, mariposa del mundo. Bajo sus alas millones de caras impregnadas, manos necias, piernas desesperadas, hombres estúpidos, como tú, perdidos por una obsesión.

Vi a la mujer perfecta de ojos quietos, de sonrisa transparente, de roce de piel; mujer blanca sin movimiento; mujer con alma transeúnte. Alas brillantes partieron de su espalda, son brazos delgados que me cubren.

Estás entre preciosas polillas, enredado en sábanas de colores. Te dije: Un niño entrará, no verá más que una oruga. Verá por primera vez un cuerpo de mujer desnudo. Se exaltará, se masturbará y gritará: soy mayor. No escuchaste: El niño crecerá. Avergonzado por haber descubierto una dama de cera regresará enloquecido. Contemplará una escultura viva, un deseo imposible, colores en blanco; sentirá la necesidad de robarla; de acariciarla; alucinará lagos ficticios. Un viejo se acercará para recibir lo que antes obtuvo, pero saldrá con un sueño en la bolsa que durará por siempre.

He regresado el lunes para volver el martes, para verla otra vez y aunque sé que no es real estoy parado junto a ella tocando su cuello, apenas sentirá mi mano, no quiero derretirla. Horas junto a ella forman lo inevitable. Mariposa opaca que juega con la flor.

–Pájaro idiota, te has comido a mi ithomoiina, te has envenenado. ¡La has matado!

Dos cuerpos pegados fundiéndose.

Una de mis ithomoiinas fue reemplazada por la falsa danaida de tonos rosas; de tonos humanos.




Cyllopsis Pertepida Dorothea

Para Lucette

Un novelista se sentó en la borda del barco (una nave de madera francesa y decoración florentina), llevaba un cuaderno de hojas de aire decoradas con alas de mariposas: una colección que empezó desde pequeño debido a que sufría de daltonismo siempre y cuando no se tratará de las alas de estos insectos, su vista abstraía la coloración del polvo y lograba que dentro de su mundo en blanco y negro existieran seres aéreos que resaltaban de la escena, como si la cinta de la película estuviera perforada y permitiera entrar puntos de luz.

El barco se detuvo en un puerto que olía a desierto y a cactáceas vacías. Barcos pesqueros minúsculos se escondían de la nave que llegaba, levantaba olas blancas y espesas; agitó las redes estáticas dispuestas como constelaciones para atrapar a los bancos de peces plateados como una lluvia inversa de mercurio.

Lo esperaba un hotel árabe con grandes ventas ojivales al estilo mudejar, sin cortinas, camas ligeras cubiertas por sábanas que a pesar de no tener un gran peso físico, llevaban pintadas con delgadas líneas historias de la expedición desértica y las costumbres refinadas de los dromedarios. La parte de atrás era una larga terraza de pisos de madera con olor a maple, sillas de respaldos circulares y tejidos de mimbre, mesas pequeñas dispuestas para un té a media tarde o un whiskey de Gibraltar y al final unos pequeños escalones que te llevaban a la playa. Todo permanecía como filme mudo de 1920.

Una playa en proyecciones grisáceas: arena plateada con textura de partículas solidificadas por el agua salada, conchas y caracoles blancos impregnados en la costa; tatuados en la espera de ser fosilizados. Vacacionistas tradicionales en blanco y negro:

Blanco: los grandes sombreros de paja con apariencia de estar hechos con duros y delgados estambres. Sombras artificiales para las grandes señoras intolerantes al verano.

Negro: lentes que ocultan la mirada marítima y de sorpresa frente a los murales expuestos por las altas olas.

Blanco: los pigmentos cutáneos de los visitantes curiosos; actitudes cetáceas en respuesta a los lamentos ululantes de los barcos.

Negro: la pérdida de los matices en el pelo, dentro de la imagen de los peinados estéticos y oscuros.

Acero en el mar y blanco en la espuma, una rutina de ir y venir, de golpear y empapar, agitar las aletas impalpables de los peces ángeles que huyen de su constitución húmeda.

Creando la estructura de un resorte extinguiéndose pasa frente al escritor una gran pelota de playa, una esfera decorada por anchas franjas, un vuelo cíclico que se detiene frente a una niña: una pequeña de catorce años, pequeña y delgada y como a las mariposas, él la percibe con color: un corto vestido rosa, pelo suelto y despeinado: expresión de almendras en telares, la piel con contrastes cobre, usaba unas gafas oscura con armazón rojo y forma de corazón y paseaba con la lengua un gran caramelo rojo, pintaba un poco su boca con el resto del azúcar y se apropiaba del sabor cereza. La niña tomó la pelota con los dos brazos y regresó a lanzarla para recuperarla, se sentó a lado de su abuela: un ser inmóvil que sólo salía de su cuarto para sentarse durante tres horas en la playa, después regresaba al cuarto y se encerraba a tejer o leer alguna novela fácil y conmovedora.

El hombre estático, ilusionado con su descubrimiento hace un lado el propósito de su expedición (recolección de mariposas africanas) para pasarse tardes enteras observando a la pequeña, viéndola brincar en lobby, fisgoneando en los registros de la recepción, haciendo caer a los botones cargados con inmensas maletas de divas siniestras.

Tenía que hablarle, era su último día y le faltaba saber el nombre por lo menos. Esperó al desayuno, tomaba una taza de café, se sentó a leer un periódico que se desarmaba y espiaba entre las fugas que de papel la puerta del comedor, llevaba un registro exacto de quién entraba.

Por fin llegó, llevaba un lindo vestido azul oscuro con lunares blancos, una falda que giraba, se subía un poco y se dejaba manipular por las corrientes de aire. Venía corriendo, deshaciéndose el peinado con listones que su abuela había armado: como escultura permanente. De reojo miró al hombre del periódico, se cansó de comer sola en la barra y camino muy segura hacia la mesa, jaló una silla y se sentó.

Él al verla, tembló, dejó caer las hojas tocando una orquesta de castañas frescas. La tenía frente a él: recargando ambos brazos en la mesa, impulsándose para acercarse a él. Su boca, roja intensa, se movió lentamente, decidiendo exacto que diría:

—Sue, bueno no, pero dime Sue. ¿No te molesta que me siente contigo? Estoy cansada de comer sola, de vagar por este viejo hotel sola. Necesito divertirme, y tengo hambre, mi abuela me ha mandado sin dinero. ¿Quieres invitarme?

Sin esperar respuesta Sue llamó al mesero, ordenó un pie de chocolate con crema batida y cerezas en almíbar y una malteada de fresa con mucha espuma.

—Realmente me aburre estar aquí, ya conozco cada rincón y habitación. ¿Sabías que el del cuarto 16 fue excelente tenista? Tiene trofeos y todo, se retiró porque leyó un libro de Pushkin y ahora es editor. Tonto, perdió toda su fortuna. Deberías llevarme a dar un paseo, he visto que tú también vagabundeas, no tienes nada que hacer. Vamos, llévame al circo, lo acaban de abrir, han traído un espectáculo francés para los parisinos renegados.

Se comió el pastel jugando con las cerezas, las impulsaba con el tenedor, las cubría de crema: las bañaba en nieve, las escondía girándolas y formando esferas polares, una vez cubierta tomaba una por una con las manos y antes de tragarla se ensuciaba las comisuras de la boca que limpiaba lentamente con la lengua. Dio un gran sorbo de su malteada, usó un popote blanco con líneas rojas Todo cuanto tocaba adquiría la coloración natural que las cosas debían tener.

—Entonces ¿qué? ¿Pasarás por mí esta tarde? La pasaremos bien. Te espero en los grandes sillones café de la recepción.

Y huyó. Su fue corriendo, dejó un pedazo del pie, media malteada y un dulce de limón envuelto en papel de cera con coloración de niebla. Él tomó el caramelo y regresó a su cuarto, mientras se lo comía pensó en qué ponerse, en qué decir. Iría por los boletos y en el camino le compraría una caja de chocolates.

Llegó con la caja envuelta y un gran moño dorado, ella ya estaba ahí: usaba un vestido de rayas blancas y rojas y un gran sombrero de copa negro (quería hacer juego con el espectáculo). No se había maquillado más que la boca, siempre del mismo rojo, y usaba unos largos guantes blancos que debieron de ser de su abuela pues le llegaban hasta los hombros. Avanzó hacia a él, brincó y lo abrazó, parada de puntas le besó la mejilla y sin decir nada tomó la caja de chocolates, dejó el moño caer sin darle importancia y comenzó a comer, todo el camino mordió los chocolates a penas detenidos entre sus dedos: como si fueran figuras de cristal que al asir fuertemente amenazaban con estallar en pedazos.

Llegaron y se sentaron hasta el frente, él la vio, y ella sabiendo que él la miraba se dedicó a coquetear con los payasos: les robó sus narices rojas y los despintaba con sus manos para usar en ella las pinturas.

Los reflectores se apagaron y el espectáculo comenzó. Fueron los acróbatas seguidos de elefantes los que abrieron y después domadores de leones que mientras eran devorados contaban chistes, y ella comenzó a reír, y ella tuvo más color, y junto con ella rieron todas la niñas presentes, la risa las coloreaba para el escritor, las sacaba de escena y las convertía en las mariposas saturadas de matices.

Dicen que ahora el escritor es un payaso, un payaso delicado que cuenta chistes en diferentes circos, se los dedica sólo a aquellas que pueden reír.





Elefantes


Cuando llegó el circo tendría un espectáculo que duraría para siempre. Nunca se iría. Todas las noches bajo la carpa roja alumbrada por luces veloces que iban y venían, desapareciendo para buscar un resplandor superior, se vestían los payasos con trajes inflados, combinan rojo, amarillo, naranja, azul. Verde y morado. Lloraban, y con las gotas hacían reír. Los demás ocultábamos nuestro ser humano para ser cirqueros. Algunos, los que bailábamos, brincábamos y divertíamos portábamos carátulas multicolores, con plumas y pedazos de risas de los espectadores; y los que tocaban música o iluminaban para esconderse se enmascaraban en blanco y negro y avanzaban en escenas cortadas. Yo imitaba un pájaro, mi antifaz: plumas ensambladas por un hilo que se adaptaba a mi cara, una red de fantasmas de aves que fulguraban y cambiaban de color, me acompañaba como aún lo hace una jirafa de madera, un alebrije pequeño con colores brillantes que nunca existirían en África y que lograban ensamblarse en segundos, pero también desarmarse en segundos: huele a tierra y campo, y es la única en su especie en poder doblar el cuello. Mi traje perteneció a una bailarina muerta, que había interpretado el lago de los cisnes todas las noches como yo lo hacía bajo el seudónimo de acróbata y miraba el piso como al techo y al techo como un punto casi alcanzable.

Los primeros días se nos adoró, pero después la gente dejó de sorprenderse. Se sabía los trucos y lo nuevo ya no lo notaba. Las palomitas se disparaban como municiones encantadoras, y el algodón de azúcar con sabor a niebla se usaba para enredarnos y capturarnos como insectos después disecados: una intensa tortura con colores de inocencia.

Y así siguió, hasta el día en que el cirquero se colgó su gambox para ser alguien más por siempre y cargar una memoria física del circo a todos lados. Con su abrigo rojo de botones dorados, se deshacía igual que una galaxia de fieltro que dejaba escapar pedazos de sí misma. Su sombrero de copa que fue negro se transformó a gris, mientras su cobertura de piel mugía otra vez y corría a pastar. Su careta sollozaba, le alargaba la nariz y escondía su mirada dejando una vista tras una membrana.

Y me quedé: bailarina de trapo: una muñeca con las pestañas caídas y pintadas sobre las ojeras, a veces se limpiaban y caían dejando el rastro de haberme lamentado a lo largo. Mi peinado mutaba, revuelto por el clima, el día, el tiempo, siempre del mismo color: castaño claro enredado en la monotonía de hacer nada; y mi jirafa había perdido las orejas, no oía que el espectáculo había acabado y ella seguía caminando sobre la cuerda. Dormíamos en la carpa olvidada, sólo nosotros dos. Y mi hermano un excelente volador, amante de los profundos colores en las facetas inestables del cielo.

Cansada del olor a aserrín, y de ver el cementerio de payasos, que al no entretener se habían convertido en estatuas adornando la entrada ―sus caras consumidas por un moho salado, y al tocarnos se te impregnaba una humedad que nunca podrías secar. Dejé todo y corrí. Busqué un penetrante olor café, la textura suave y caliente, la espuma beige que sube impulsada por la caída del azúcar. Me senté a una de las mesas de fuera, una simple estructura de base metálica que detenía una tabla redonda. Y sentada con los brazos recargados en la mesa, la cara sin sonrisa, llevaba el antifaz para ocultar las pestañas líquidas, un suéter delgado y los pies cruzados empalmando talón con espinilla, rozando el piso con una zapatillas blancas de punta y yo las mantenía aferradas con un perfecto moño de listón antiguo decorando mis piernas parecidas a las de los títeres.

Mi panorama: una carretera de seres que avanzaban como insectos, imposibles de observar, guiados por la falta de tiempo, aplastados por la puntualidad que acababa en explosiones caóticas que rompían el orden de líneas blancas, pues sólo veía rayos blancos apagados con la punta de color, y pocas veces se encontraban existían los colapsos de tiempo donde aparecían caras de niños embarrados al vidrio, preocupados por la intensa velocidad de no admirar nada.

Un sorbo de café y un sonido que barrita.

Segundo sorbo y la carretera se derrite.

Al tercero de la carretera como de los agujeros en el hielo salen elefantes, elefantes de asfalto: son diez, y burbujas. Huyen burbujas con prisa y explotan en la superficie. Huye el aire de un elefante más. Vuelo siendo un pájaro. Brinco y esquivo autos. Me sumerjo. Sigo a las burbujas, las contradigo y encuentro un elefante: un paquidermo enredado en algas alimentadas paquiedérmicamente. Lo jalo, y lo jalan, se impulsa y grita imitando mis sonidos. La planta se rompe y salimos impulsados por una fuerza acuática a la que le duele el piso y es nuestra culpa.

Son once elefantes y me siguen, regresamos al circo, y ellos con ojos de piedras y piel dura encuentran el espacio onírico, saben trucos y brincan, duermen y comen en sus jaulas. Mi hermano los entrena y alimenta de restos del deshuesadero (un lugar lleno de coches crujientes que pagan su estancia con sus partes hasta no ser más que una estructura cadavérica, inútil). Ya son capaces de brincar, de jugar y de pararse en dos patas mientras hacen figuras con la lengua.

Llevaba volantes en la mano, promocionaba mis nuevas criaturas mientras bajaba en una colina consumida por tiendas y negocios cada vez más grises y vacíos. Mis volantes se hacían inmediatamente viejos al contacto con el sol, la foto de los elefantes se escondía en la niebla de papiro, y la tinta se despintaba dejando huellas de letras en mis manos. Y así como la foto se volvía borrosa, yo me secaba. Siempre he sido como anfibio; mis piernas se doblaron, se cuartearon en algunas partes convirtiéndome en estatua renacentista, estaba climáticamente obligada a sentarme, y a mojarme: una larga humidificación, las gotas suicidas colgaban de mis pestañas, entre ellas pude ver como se levantaba el adoquinado, la calle de piedra rosa, la calle de piedras hexagonales, la calle se levantaba, la calle alcanzaba más de cinco metros, y la calle me regalo jirafas rosas.

Caminaba de regreso con las jirafas siguiéndome cuado encontré en un terreno a un león: un animal de pasto seco que se alimentaba de grillos y rugía viento. Jugueteó con el sonido de los adoquines chocando, atrapaba entre sus patas los golpes de roca, y siguió así hasta llegar al circo, donde les preparamos jaulas especiales con naipes, jaulas sin límites, pues nadie huía. Teníamos árboles de trébol, cuevas de diamantes, y juguetes de espadas; los corazones permanecían en una bóveda pues eran las medicinas de los animales que no podían dormir.

El primer espectáculo vinieron de espectadores los espejos del pueblo, que reflejaban cualquier par de ojos para tener una mirada, aplaudían y reían de todos. Mi hermano los domaba vestido todo de invisible, yo en cambio presentaba los actos en un saco rojo y me cambiaba para montar jirafas. Eran dos horas de tiempo detenido, risas pausadas para no romper nada, impredecible juego con un patrón abstracto e inexplicable.

Al atardecer, antes de de armar el despertar zootécnico explotando las notas de Beethoven, mi hermano salía a capturar grillos, utilizaba el helicóptero de Da Vinci para encerrar en frascos los restos de luz que comían las jirafas, y fue en el cielo donde encontró a las focas, que eran blancas siendo pequeñas y crecían cuando se nublaban para llover, decrecer y obtener un tamaño una vez más pequeño. Ellas eran las que repartían palomitas dulces cubiertas de plata y arena para los espejos.

Todos los días era diferente, pues los animales actuaban según la evolución del sueño procreado al susurrarles al oído imágenes maravillosas. El circo progresaba: llegar espejos de todo el mundo, y no se cansaban en aso de ir diario.

Todo fue así hasta la desafortunada interrupción de un niño, una especie de pelirrojo enterrado en pecas que al entrar trabó la lengua en los dientes y se atrevió a decir:

—Nada de eso es real.

Y la carpa cayó, los animales regresaron al suelo y a la realidad, el moho devoró pedazo a pedazo lo que fuimos y nos convirtió en un reflejo retratado en los pedazos de espejos.